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SANSA (2)

Si queréis volver a casa, id esta noche al bosque de dioses.

El mensaje seguía siendo idéntico en la centésima lectura que en la primera, cuando Sansa había encontrado el pergamino doblado bajo su almohada. No sabía cómo había llegado allí, ni quién lo había enviado. La nota no tenía firma ni sello, y la caligrafía le resultaba desconocida. Lo arrugó y lo estrechó contra su pecho.

—Si queréis volver a casa, id esta noche al bosque de dioses —susurró en un hilo de voz.

¿Qué podía significar aquello? ¿No debería llevárselo a la reina, para demostrar que era buena? Se frotó el estómago, nerviosa. El cardenal amoratado que le había proporcionado Ser Meryn era ya de un amarillo sucio, pero le seguía doliendo. Llevaba el guantelete de malla cuando la golpeó. Había sido culpa de ella, de Sansa. Tenía que aprender a ocultar mejor sus sentimientos para no hacer enfadar a Joffrey. Cuando se enteró de que el Gnomo había enviado a Lord Slynt al Muro, se olvidó de controlarse y exclamó: «¡Ojalá se lo lleven los Otros!». El rey no había estado nada satisfecho.

Si queréis volver a casa, id esta noche al bosque de dioses.

Sansa había rezado mucho. ¿Sería aquello la respuesta, un caballero de verdad acudía a salvarla? Tal vez fuera uno de los gemelos Redwyne, o el valeroso Ser Balon Swann... o incluso Beric Dondarrion, el joven señor del que se había enamorado su amiga Jeyne Poole, con su pelo dorado rojizo y la capa negra cubierta de estrellas.

Si queréis volver a casa, id esta noche al bosque de dioses.

¿Y si era una broma cruel de Joffrey, como el día en que la había llevado a las almenas para mostrarle la cabeza de su padre? ¿O una trampa sutil para demostrar que no era leal? Si acudía al bosque de dioses, tal vez se encontrara a Ser Ilyn Payne esperándola sentado bajo el árbol corazón, con  Hielo  en la mano, atento a su llegada.

Si queréis volver a casa, id esta noche al bosque de dioses.

Cuando la puerta se abrió, se apresuró a esconder la nota bajo las sábanas y se sentó sobre ella. Era su doncella, la de aspecto ratonil con lacio pelo castaño.

—¿Qué quieres? —preguntó Sansa.

—¿Querrá la señora un baño esta noche?

—Mejor enciende el fuego. Tengo frío. —Y era verdad, estaba tiritando, aunque aquel día había hecho calor.

—Como ordenéis.

Sansa observó a la chica con desconfianza. ¿Habría visto la nota? ¿La habría puesto ella bajo la almohada? No era probable, parecía un poco estúpida, no era la clase de persona en la que alguien confiaría para entregar notas secretas. Aun así, Sansa no la conocía. La reina hacía que le cambiaran los criados cada dos semanas, para asegurarse de que no trabara amistad con ninguno.

Cuando el fuego empezó a chisporrotear en la chimenea, Sansa dio las gracias a la doncella con tono seco y ordenó que se retirase. La chica obedeció a toda prisa, como siempre, pero Sansa decidió que sus ojos tenían un brillo taimado. Sin duda en aquel momento corría a informar a la reina, o tal vez a Varys. Estaba segura de que todas sus doncellas la espiaban.

En cuanto estuvo a solas, tiró la nota al fuego y se quedó mirando mientras el pergamino se curvaba y se ennegrecía.

Si queréis volver a casa, id esta noche al bosque de dioses.

Se dirigió hacia la ventana. Divisó abajo a un caballero de corta estatura con armadura blanca como la luna y una pesada capa blanca, que patrullaba el puente levadizo. Por su estatura solamente podía tratarse de Ser Preston Greenfield. La reina le había dado libertad para moverse por el castillo, pero aun así el caballero querría saber adónde iba si salía del Torreón de Maegor a aquellas horas de la noche. ¿Y qué le iba a decir? De repente se sintió muy aliviada de haber quemado la nota.

Se desató los lazos del camisón y se metió en la cama, pero no pudo dormir.

«¿Seguirá allí todavía? —se preguntó—. ¿Cuánto tiempo esperará?» Había sido una crueldad enviarle una nota en la que no le decía nada. Los pensamientos no hacían más que darle vueltas en la cabeza.

Ojalá tuviera a alguien que le dijera qué debía hacer. Echaba de menos a la septa Mordane, y todavía más a Jeyne Poole, su mejor amiga. A la septa le habían cortado la cabeza igual que a todos los demás, por el crimen de servir a la Casa Stark. Sansa no sabía qué le había pasado a Jeyne, que desapareció poco después de sus habitaciones, y nadie la volvió a nombrar. Trataba de no pensar en ellas muy a menudo, pero en ocasiones los recuerdos la invadían, incontrolables, y entonces le costaba contener las lágrimas. De cuando en cuando hasta echaba de menos a su hermana. Pero en aquellos momentos Arya estaría sana y salva en Invernalia, bailando y cosiendo, jugando con Bran y con el pequeño Rickon, hasta podría ir a caballo a la ciudad si quería. A Sansa le permitían montar a caballo, pero sólo por el patio, e ir todo el día en círculos llegaba a ser aburrido.

Cuando empezaron los gritos estaba completamente despierta. Al principio eran lejanos, luego se fueron haciendo más altos. Muchas voces gritaban a la vez, pero no alcanzaba a distinguir las palabras. También se oían caballos, pisadas y órdenes vociferadas. Corrió a la ventana y vio a hombres que corrían por los muros con lanzas y antorchas.

«Vuelve a la cama —se dijo Sansa—, esto no es asunto tuyo, debe de haber más problemas en la ciudad. —Últimamente había oído constantemente rumores sobre el malestar en la ciudad. La gente se hacinaba, huyendo de la guerra, y muchos no tenían otro modo de vida que robar y matarse entre ellos—. Vuelve a la cama.»

Pero, cuando se fijó, el caballero blanco había desaparecido y el puente que cruzaba el foso seco estaba sin vigilancia.

Sansa se dio media vuelta sin pensar y corrió hacia el armario. «¿Qué estoy haciendo? —se preguntó mientras se vestía—. Esto es una locura.» Divisó las luces de muchas antorchas en la muralla exterior. ¿Habrían llegado Stannis y Renly a matar a Joffrey por fin, y a reclamar el trono de su hermano? Si así fuera los guardias levantarían el puente levadizo y dejarían aislado el Torreón de Maegor. Sansa se echó sobre los hombros una sencilla capa gris, y cogió el cuchillo con el que cortaba la carne.

«Si se trata de una trampa, prefiero morir a dejar que me vuelvan a hacer daño», se dijo. Ocultó el arma bajo la capa.

Una columna de espadachines con capas rojas pasó corriendo junto a ella cuando salió a la noche. Aguardó a que estuvieran bien lejos antes de cruzar el puente desierto a toda velocidad. En el patio, los hombres se ceñían las espadas y ensillaban los caballos. Vio a Ser Preston cerca de los establos; estaba con otros tres miembros de la Guardia Real, todos con sus capas blancas y brillantes como la luna, ayudando a Joffrey a ponerse la armadura. Al ver al rey, se le cortó la respiración. Por suerte él no la vio, estaba pidiendo a gritos su espada y su ballesta.

El ruido fue atenuándose a medida que se adentraba en el castillo, sin atreverse a mirar hacia atrás por temor a encontrarse con que Joffrey la miraba... o peor aún, que la seguía. Las escaleras de caracol se enroscaban ante ella, marcadas por franjas de luz procedente de las ventanas estrechas que había sobre ellas. Cuando llegó a la cima, Sansa estaba jadeante. Corrió hacia una columnata oculta entre las sombras y se pegó contra la pared para recuperar el aliento. Algo le rozó la pierna y estuvo a punto de gritar del susto, pero no era más que un gato, un macho sarnoso con una oreja cortada. El animal bufó y se alejó de un salto.

En el bosque de dioses apenas se oían los ruidos, tan sólo un sonido lejano de acero y gritos amortiguados. Sansa se arrebujó en su capa. El aire estaba impregnado con los aromas de la tierra y las hojas.

«Cuánto le habría gustado este sitio a  Dama», pensó. Los bosques de dioses tenían una cualidad extraña. Incluso allí, en el corazón del castillo, en el corazón de la ciudad, uno sentía cómo los antiguos dioses lo miraban con un millar de ojos invisibles.

Sansa había preferido a los dioses de su madre, le gustaban más que los de su padre. Amaba las estatuas, las imágenes en las vidrieras, la fragancia del incienso al quemarse, los septones con sus túnicas y sus cristales, los mágicos dibujos del arco iris sobre altares con incrustaciones de madreperla, ónice y lapislázuli. Pero no podía negar que el bosque de dioses también tenía cierto poder. Sobre todo de noche.

«Ayudadme —rezó—. Enviadme a un amigo, un verdadero caballero que sea mi campeón...»

Fue recorriendo los árboles de uno en uno, tocando la corteza rugosa con las yemas de los dedos. Las hojas le acariciaban las mejillas. ¿Se había decidido demasiado tarde? Su salvador no se habría marchado tan pronto, ¿verdad? O tal vez ni siquiera había acudido. ¿Podía correr el riesgo de llamarlo? Todo estaba tan silencioso...

—Ya pensaba que no ibais a venir, niña.

Sansa se volvió. Un hombre salió de entre las sombras. Era corpulento, de cuello grueso, y se tambaleaba. Llevaba una túnica gris oscuro con la capucha echada sobre el rostro, pero cuando un tenue rayo de luna le rozó la mejilla reconoció al instante la piel manchada y la telaraña de venillas rotas.

—Ser Dontos —dijo, hundida—. ¿Erais vos?

—Sí, mi señora. —Se acercó a ella, y el aliento le apestaba a vino—. Yo.

Extendió una mano. Sansa dio un salto hacia atrás.

—¡No! —Se metió la mano bajo la capa, en busca del cuchillo escondido—. ¿Qué... qué queréis de mí?

—Ayudaros, nada más —dijo Dontos—. Igual que vos me ayudasteis a mí.

—Estáis ebrio, ¿verdad?

—Sólo he tomado una copa de vino para darme valor. Si me atrapan ahora, me arrancarán la piel a tiras.

«Y a mí ¿qué me harán?» Sansa volvió a pensar en  Dama. La loba podía oler la falsedad, sí, pero estaba muerta, su padre la había matado por culpa de Arya. Sacó el cuchillo y lo esgrimió con las dos manos.

—¿Me vais a apuñalar? —preguntó Dontos.

—Sí —dijo ella—. Decidme quién os envía.

—Nadie, hermosa dama. Os lo juro por mi honor de caballero.

—¿De caballero? —Joffrey había decretado que dejara de ser caballero, que pasara a ser un bufón, aún más humilde que el Chico Luna—. Pedí a los dioses que enviaran un caballero para salvarme —siguió—. Recé, recé y recé. ¿Por qué me envían a un bufón borracho?

—Sé que merezco vuestras palabras... y es extraño, pero... durante todos los años que fui caballero, en realidad no era más que un bufón, pero ahora que soy un bufón creo... creo que en mi interior vuelvo a ser un caballero, hermosa dama. Y todo gracias a vos... a vuestra donosura, a vuestro coraje. No sólo me salvasteis de Joffrey, sino también de mí mismo. —Bajó la voz—. Los bardos dicen que hubo un bufón que fue el más grande de todos los caballeros...

—Florian —susurró Sansa, con un escalofrío.

—Yo seré vuestro Florian, hermosa dama —dijo Dontos con humildad al tiempo que se arrodillaba ante ella.

Sansa bajó el cuchillo muy despacio. Sentía la cabeza muy ligera, como si estuviera flotando.

«Esto es una locura, no puedo confiar en este borracho, pero si lo rechazo quizá no vuelva a tener otra oportunidad.»

—¿Cómo... cómo pensáis hacerlo? ¿Cómo me vais a sacar de aquí?

—Salir del castillo será lo más difícil —dijo Ser Dontos alzando el rostro hacia ella—. Una vez fuera, hay barcos que podrían llevaros a casa. Sólo tendría que conseguir dinero y hacer los arreglos necesarios.

—¿Podríamos irnos ahora? —preguntó, sin atreverse a albergar esperanzas.

—¿Esta misma noche? No, mi señora, lo siento. Antes debo encontrar una manera segura de sacaros del castillo cuando llegue el momento adecuado. No será fácil, ni pronto. A mí también me vigilan. —Se humedeció los labios, nervioso—. ¿Podéis guardar vuestro cuchillo?

—Levantaos, ser. —Sansa se deslizó el arma bajo la capa.

—Gracias, hermosa dama. —Ser Dontos se puso en pie con torpeza y se sacudió la tierra y las hojas de las rodillas—. Vuestro señor padre fue el hombre más leal que el reino ha conocido, pero no hice nada, dejé que lo mataran. No dije nada, no moví un dedo... y aun así, cuando Joffrey quiso matarme, vos hablasteis en mi favor. Nunca he sido un héroe, señora, como Ryam Redwyne o Barristan el Bravo. No he ganado torneos, ni honores en la guerra... pero fui un caballero, y vos me habéis ayudado a recordar lo que eso significaba. Mi vida no vale gran cosa, pero os pertenece. —Ser Dontos puso una mano en el tronco nudoso del árbol corazón. Sansa vio que estaba temblando—. Pongo a vuestro padre por testigo de este juramento, os llevaré a vuestro hogar.

«Lo ha jurado. Un juramento solemne, ante los dioses.»

—En ese caso... me pongo en vuestras manos, ser. Pero, ¿cómo sabré que ha llegado el momento de partir? ¿Me haréis llegar otra nota?

—Es demasiado arriesgado. —Ser Dontos miró a su alrededor, nervioso—. Debéis venir aquí, al bosque de dioses. Tan a menudo como os sea posible. Es el lugar más seguro. El único lugar seguro. No hay otro. Ni vuestras habitaciones, ni las mías, ni las escaleras, ni el patio, aunque parezca que estamos a solas. En la Fortaleza Roja las piedras tienen oídos, sólo aquí podemos hablar con libertad.

—Sólo aquí —dijo Sansa—. Lo tendré en cuenta.

—Y si os parezco cruel, burlón o indiferente cuando nos miran, perdonadme, niña. Tengo que representar un papel, y vos debéis hacer lo mismo. Un paso en falso y nuestras cabezas decorarán los muros, junto a la de vuestro padre.

—Lo comprendo —asintió Sansa.

—Tenéis que ser fuerte, y valerosa... y paciente, sobre todo muy paciente.

—Lo seré —prometió—. Pero... por favor... preparadlo todo lo antes posible. Tengo miedo.

—Yo también —dijo Ser Dontos con una sonrisa desganada—. Ahora marchaos, antes de que os echen de menos.

—¿No venís conmigo?

—Es mejor que no nos vean juntos.

Sansa asintió, se alejó un paso... y, nerviosa, se volvió con los ojos cerrados y depositó un beso en la mejilla del hombre.

—Mi Florian —susurró—. Los dioses han escuchado mis plegarias.

Corrió por el camino del río, pasó junto a la pequeña cocina y las pocilgas, donde los chillidos de los cerdos en sus pocilgas ahogaron el ruido de sus pisadas apresuradas.

«A casa —pensó—, a casa, me va a llevar a casa, me protegerá, mi Florian. —Las canciones sobre Florian y Jonquil eran sus favoritas—. Florian también era poco agraciado, aunque no tan viejo.»

Estaba bajando a toda prisa por la escalinata cuando un hombre salió por una puerta oculta. Sansa tropezó con él y perdió el equilibrio. Unos dedos de hierro la agarraron por la muñeca antes de que cayera.

—Es una caída muy larga, pajarito —le dijo una voz ronca—. ¿Qué quieres, que nos matemos los dos? —La risa era áspera como una sierra contra la piedra—. Puede que sí.

«El Perro.»

—No, mi señor, os pido perdón. Jamás haría semejante cosa. —Sansa apartó los ojos, pero era demasiado tarde, le había visto la cara. Trató de liberarse—. Por favor, me estáis haciendo daño.

—¿Se puede saber qué hace el pajarito de Joff corriendo por la escalinata a estas horas de la noche? —Al ver que no respondía, la sacudió y le gritó—: ¿Dónde estabas?

—En el b-b-bosque de dioses, mi señor —respondió, sin atreverse a mentir—. Rezando... rezando por mi padre... y... y por el rey, para que no resulte herido...

—¿Te crees que estoy tan borracho como para creerme eso? —Le soltó el brazo. Se tambaleaba un poco, y las franjas de luz y oscuridad hacían aún más espantoso su rostro quemado—. Pareces casi una mujer... esa cara, esas tetas... y estás más alta, casi... Ah, pero aún eres un pajarito estúpido, ¿verdad? Cantas todas las canciones que te enseñaron... ¿por qué no me cantas a mí una canción? Venga. Canta para mí. Una canción sobre caballeros y hermosas damas. Te gustan los caballeros, ¿no?

—Los v-verdaderos caballeros, mi señor. —La estaba asustando.

—Los verdaderos caballeros —se burló—. No soy un señor, igual que no soy un caballero. ¿Te lo tengo que enseñar a golpes? —Clegane se tambaleó y estuvo a punto de caer—. Dioses —maldijo—. Demasiado vino. ¿Te gusta el vino, pajarito? ¿El verdadero vino? Una jarra de tinto amargo, rojo como la sangre, es lo único que le hace falta a un hombre. O a una mujer. —Se rió y sacudió la cabeza—. Maldita sea, estoy borracho como un perro. Vamos. Tienes que volver a tu jaula, pajarito. Yo te llevaré. Te cuidaré en nombre del rey.

El Perro le dio un empujón extrañamente delicado y la siguió escaleras abajo. Cuando llegaron a la base de la escalinata, volvía a estar inmerso en un silencio hosco, como si se hubiera olvidado de ella.

Al llegar al Torreón de Maegor, se alarmó al ver que el puente lo vigilaba Ser Boros Blount. Su blanco yelmo se giró con un movimiento rígido al oír sus pisadas. Sansa apartó la vista, asustada. Ser Boros era el peor miembro de la Guardia Real, feo, malhumorado, todo ceño y papada.

—No temas, niña. —El Perro le puso una pesada mano en el hombro—. Aunque le pinten rayas a un sapo no se convierte en tigre.

—Ser, ¿dónde...? —preguntó Ser Boros levantándose el visor.

—Métete por el culo eso de «ser», Boros. El caballero eres tú, no yo. Yo soy el perro del rey, ¿recuerdas?

—El rey estaba buscando a su perro.

—El perro estaba bebiendo. Te correspondía a ti cuidar de él, ser. A ti y al resto de mis hermanos.

Ser Boros se volvió hacia Sansa.

—¿Cómo es que no estabais en vuestras habitaciones a estas horas de la noche, señora?

—Fui al bosque de dioses, a rezar por el rey. —La mentira le sonó mejor en esta ocasión, como si fuera verdad.

—¿Crees que podía dormir con todo este ruido? —bufó Clegane—. ¿Qué ha pasado?

—Unos idiotas, en la puerta —explicó Ser Boros—. Alguien se fue de la lengua y han corrido rumores sobre los preparativos para el banquete nupcial de Tyrek, y a esos miserables se les metió en la cabeza que querían tomar parte. Su Alteza se puso al frente de una partida y los ha hecho huir.

—Valiente muchacho —dijo Clegane frunciendo los labios.

«Ya veremos cómo es de valiente cuando se enfrente a mi hermano», pensó Sansa. El Perro cruzó el puente levadizo con ella y la acompañó escaleras arriba.

—¿Por qué permitís que os llamen perro? —le preguntó—. No dejáis que nadie diga que sois un caballero.

—Los perros me gustan más que los caballeros. El padre de mi padre era el encargado de las perreras en la Roca. Una tarde de otoño, Lord Tytos se interpuso entre una leona y su presa. A la leona le importaba una mierda que ella misma estuviera en el blasón de los Lannister. La muy puta destrozó al caballo de mi señor, y hubiera acabado también con mi señor si mi abuelo no hubiera aparecido de repente con los perros. Tres sabuesos murieron, pero la pusieron en fuga. Mi abuelo perdió una pierna, de manera que Lannister se la pagó con tierras y un torreón, y tomó a su hijo como escudero. Los tres perros de nuestro blasón son los tres que murieron sobre la hierba amarilla del otoño. Un perro morirá por ti, pero jamás te mentirá. Y te mirará directamente a la cara. —Le puso una mano bajo la mandíbula y la obligó a alzar el rostro. Sus dedos le hacían daño en la cara—. Es más de lo que se puede decir de los pajaritos, ¿no? No me has cantado nada.

—Sé... sé una canción, sobre Florian y Jonquil.

—¿Florian y Jonquil? Un bufón y una zorra. No, gracias. Pero algún día me cantarás, quieras o no.

—De buena gana cantaré para vos.

—Tan bonita, y tan mala mentirosa. —Sandor Clegane soltó un bufido—. Los perros olfatean las mentiras, ¿sabes? Mira a tu alrededor y olisquea bien. Esto está lleno de mentirosos... y todos son mejores que tú.

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